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Dos más dos igual a cinco

Dos más dos igual a cinco

2⃣➕2⃣ =🖐🏼

Actuemos, por el instante que dura este primer párrafo, como hacen los cineastas antes de rodar. Pero con toda la libertad que da el hecho de que sea éste un acto creativo imaginado. Podría ser una secuencia interior o exterior, de día o de noche. Sólo sabemos que tiene lugar en un aula y que nuestra tarea consiste en colocar a un profesor y sus alumnos en el espacio y el tiempo, sin que todavía importen las condiciones psicológicas. Es decir, no sabemos si el profesor acudirá en forma o somnoliento, impecable o desaliñado; si en general el alumnado es atento o distraído, pasivo o participativo. De momento, afrontamos la situación dramática: el maestro se dirige a los estudiantes, intenta transmitir una información relevante, un saber. Algo que en términos de lenguaje cinematográfico se suele resolver con un plano-contraplano. Pero podríamos resolverlo de otro modo, las posibilidades visuales son infinitas. Detallo una de mis secuencias de aula favoritas…

1974. The Gambler. Dirige Karel Reisz, cineasta británico que tiene la particularidad de ser  autor de uno de los primeros manuales de montaje cinematográfico. Situación: interior de una clase de literatura, primera hora de una mañana luminosa. Los asientos parecen butacas y la lección impartida es tan brillante que podría formar  parte de un espectáculo. El profesor a veces está de pie, otras apoya su trasero en la mesa. Su postura nunca es autoritaria, al contrario, acorta su distancia. De vez en cuando deja inconclusa una frase animando a que la culmine el alumno, les brinda huecos que deben rellenar. Escuchamos: “Cuando Dostoievski nos dice que odia el hecho de que dos y dos sean cuatro y que se reserva su derecho sagrado de mantener que dos y dos son cinco, ¿qué nos dice?”. La pregunta asalta al espectador. Y sigue: “Cualquier idiota puede demostrar que dos y dos son cuatro”. En cuanto el profesor introduce la duda, el pensamiento y la imaginación del alumno se activan. El cine también noquea al espectador cada vez que se salta una ley sagrada, cuando nos recuerda que no hay ninguna certeza. Valiéndose de imágenes, muestra que el mundo transciende lo visible, no puede ser cierto que sólo exista aquello que podemos ver. Y Reisz, al cuestionar un principio básico de la aritmética, halla de golpe una conexión secreta entre la docencia y el cine.

                                     Daniel Gasco García

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