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Paraísos escolares

Paraísos escolares

Es curioso que usemos el cine en las aulas como herramienta para transmitir un saber. Sobre todo cuando un buen cineasta suele afirmar que su trabajo consiste en estimular dudas no en despejarlas. Federico Fellini decía: “Si diese una respuesta en una película, ¿qué haría después?”. Pero tomemos un caso concreto: la obra documental de Michael Moore. Toda ella gira en torno a una cuestión absurda: ¿Cómo es posible que más de medio mundo siga mirándose en el espejo de Norteamérica? Podemos entender la fascinación que despiertan su sentido del espectáculo, sus enormes fiestas, las alfombras rojas o ese talento innato para vender y crear historias, pero detrás de todo ese brillo cualquiera sabe que hay una sociedad infestada de racismo, injusticia y diferencias de clase. En ¿Qué invadimos ahora? (2015), Moore nos anima a huir de su modelo de educación. El sistema docente norteamericano parece diseñado exclusivamente para que el alumno pueda afrontar un futuro marcado por una competitividad ilógica y agresiva. Sin embargo, al salir de este continente…
Michael Moore descubre que el alumno mejor preparado del mundo no tiene deberes, que este es sólo un concepto obsoleto que interrumpe el horario de juegos y la convivencia familiar. Averigua que las mejores escuelas, en realidad, imparten pocas horas a la semana. Que algunas universidades prestigiosas son gratuitas. Que los sistemas educativos con mejores resultados no desestiman asignaturas como filosofía, dibujo, poesía. Algunos países incorporan en sus programas de estudio distintas facetas esenciales de la vida: se educa en el goce sexual o se inculca la importancia que tiene una dieta alimenticia sana y equilibrada. El alumno aprende a abrirse al mundo, sin ningún temor. En los paraísos escolares, te consideran persona. Te enseñan a ser libre y feliz, a vivir antes que competir. No estás obligado, por ejemplo, a pedir permiso en clase cada vez que sientes necesidad de ir al lavabo. La mirada de Moore recupera en este viaje la vivacidad de un niño, no sin perder de vista el continente abandonado.

Moore,  no puede eludir su origen e intercala algún que otro pasaje atroz de la sociedad norteamericana, como el de un hombre inocente, por supuesto de color, que recupera su libertad tras 42 años de prisión. Pero esta combinación explosiva que teje, donde hay una conciencia tanto del cielo como del infierno, no es nueva para el cine.
Un antecedente muy olvidado sería un film de episodios llamado Stimulantia (1967), en el que Ingmar Bergman, junto a otros cineastas suecos, es invitado a abordar un film a partir de aquello que más le estimulaba. Su respuesta de entonces es contundente: “la mirada de mi hijo Daniel”. El maestro muestra entonces un montaje de películas caseras que persigue sus ojos en un periodo que va de los cero a dos años de vida. Hasta que sorprendentemente la proyección se interrumpe. El cineasta hace una pausa para anunciar que va a leer en off un fragmento de un guión escrito ese mismo verano que nunca rodará. Un texto que, particularmente, tiene mucho que ver con su pequeño, Daniel Sebastian. “No más palabras como prisionero, prisión, tortura, guardia, muros, recluso, distancia, vacío, miedo, espíritu. Palabras como sentencia, pena, perdón, culpable, culpa, deuda, vergüenza e infamia. Ningún suplicio, ni mártires ni santos. Ninguna confesión, pesadilla o recompensa. ¿De dónde viene la idea de un Dios justo y vengativo? ¿Ese grito de angustia de las plegarias, ese celo religioso o rabia ciega?”.
Medio siglo después de que Bergman incorporase a su visión pesimista la inocencia de su hijo, Moore también se pone positivo. Su documental invita a separar las hierbas y quedarse con las flores que nos brinda este mundo. Está muy bien hacer crítica o señalar que el horror está aquí. Pero, afortunadamente, el cine también nos recuerda que se siguen dando paraísos.
Daniel Gascó

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